Cosas que saben las cortesanas II. Condescendencia
Otro requisito de todas las cortesanas es la condescendencia. Hemos de ser condescendientes cuando pensamos en ser segundonas de lujo, hemos de ser condescendientes con los errores de nuestros clientes, pues son eso clientes y ya sabéis la frase “El cliente siempre tiene razón”.
Los clientes pagan para que nos mostremos displicentes ante ciertas situaciones y sepamos obviarlas. Y desde luego no son la puerta a la que acudir el día que la vida nos parece horrible y estamos impresentables. Buscan la magia de la pareja perfecta, no los berrinches y broncas que seguramente si les permiten a sus parejas. Para ellos somos objetos etéreos, estamos ahí para que se olviden de su vida, no para meterlos de cabeza en ella y recrear todo lo malo de lo que huyen. Somos oasis e medio de la vida, paréntesis importante pero no imprescindible. Para poder satisfacerles necesitamos abstraernos de ciertos pensamientos o refrenarlos.
Los clientes valoran que miremos y no les juzguemos y pagan sus errores a golpe de talonario. Una larga ausencia, falta de reconocimiento, noches en vela, los nervios crispados por mantener esa tranquilidad y saber estar en toda circunstancia, todo ello es compensado con regalos muy, muy caros y con grandes dosis de condescendencia por nuestra parte.
Cosas que saben las cortesanas I. Discreción
Hay una cosa que todas las cortesanas del mundo conocen: la discreción. La discreción para pasar desapercibidas cuando las circunstancias lo exigen, la discreción para no cometer un acto excesiva familiaridad con un cliente delante de terceras personas, la discreción para llegar hasta la suite de un hotel sin que nadie lo noté, la discreción para no hablar sobre determinados clientes, para evitar decir sus nombres. Sí, en todo ello hemos de ser cautas.
Los clientes valoran mucho nuestra discreción. Oímos todo aquello que quieran contarnos. A veces les sonsacamos cosas que nos interesan, otras les distraemos, pero por lo general nos callamos nuestras ideas o parte de ellas. Eso no indica sumisión, sólo es un acto más de discreción, en este caso para con nuestro cliente.
Nuestros amantes raramente buscan una persona sumisa, les gusta que les demos nuestra opinión u ofrezcamos comentarios ingeniosos o ideas interesantes, incluso les gusta escuchar nuestras opiniones, siempre con cierta condescendencia, pero no toleran la indiscreción. Reírnos de (y con) ellos en privado les enardece, pero una palabra o gesto desproporcionado en público es una falta que no suelen perdonar. Ni tan siquiera una cortesana reconocida puede permitirse ciertas libertades si el cliente no lo estima oportuno.
Al fin y al cabo, ellos, tienen una vida y una imagen que mantener. Precisamente acuden a nosotras para quitarse todas esas formalidades y tratar de ser más normales, para poder quitarse ese corsé que les impone la sociedad, familia, trabajo, etc… Pero eso no quita que esos actos de libertad deban producirse en la más intima confidencialidad, en algunos casos a unos miles de kilómetros de su lugar de residencia o en lujosas habitaciones de hoteles.
T. (I)
T. fue uno de mis últimos amantes serios. En parte, la idea de adelantar la boda a los planes previstos tuvo bastante que ver con esta relación. Pero empezaré por el principio…
T. nació en Madrid pero poco después fue a vivir a Cataluña. Allí vivió bastante tiempo. De clase alta y formación humanística, desde niño tuvo una afición desmedida por la literatura y el teatro. Tras acabar COU fue enviado a Madrid a vivir con un familiar suyo, y aunque las letras siempre le habían gustado, acabó estudiando una carrera de ciencias puras, precisamente por influencia de este pariente suyo. Ya en la universidad comenzó a codearse con la derecha, lo que acabo llevándole a desempeñar un cierto papel en la política.
Tras su etapa política, que prefiero obviar, y gracias a su sólida formación y ayudado por buenos amigos, consiguió un puesto en la gerencia de una orquesta.
Yo le conocí en esta etapa de su vida. Ya era toda una personalidad, lo cual como todos sabemos, tiene su lado bueno y su lado malo. Desde luego nuestra relación era casi secreto de estado; nadie podía ni debía saber que estábamos juntos. Por lo tanto nuestros encuentros se limitaban a estancias en habitaciones de hotel y algún que otro viaje a Londres, a donde gustaba de ir usando la excusa de ver los últimos estrenos teatrales.
Desde luego gracias a él vi muchas y muy buenas obras de teatro, en Londres y en Madrid y también asistí a grandes conciertos y operas. Algunas veces a su lado y otras veces pasando de incógnito, viéndole sentado en la tribuna de las personalidades y tratándole como si sólo fuese un conocido casual al que apenas conocemos. Esas veces, mientras el felicitaba al director o al político de turno, yo corría en un taxi a algún gran hotel con la tarjeta-llave que me había pasado en un apretón de manos casual o había dejado caer en mi bolso.
Cuantas veces le espere en el hotel, jugueteando en la ducha, perfumándome o potenciando mis encantos, recordando la obra vista o la voz de aquella magnifica soprano y esperándole…
Besar a una persona que fuma
“Algunos amantes me han dicho que besar a una persona que fuma es como lamer un cenicero. Desde luego, si los ceniceros pudieran hacer lo que yo hago con mi boca, deberían de venderse exclusivamente en Sex-Shops”
Libro de Almohada 9. A veces las cosas que nos producen…
A veces las cosas que nos producen mayor placer son las más simples. Hace unos días, salí a tomar algo a una cafetería bastante moderna, un lugar de esos a los que la gente acude para ver y ser vistos.
Yo me acomode en un gran sillón, como si fuera un gran gato persa. Al estar situado frente a un gran ventanal podía ver todo lo que pasaba a centímetros de mí sin darse cuenta de que eran observados. Así que ante tanta comodidad, pase allí un par de horas, disfrutando sorbo a sorbo el te con canela, leyendo, mirando a los ocupantes de otras mesas, mirando a la calle…
¡Cuán delicioso es poder abstraerse en los propios pensamientos y dejar pasar las horas, deleitándose en la contemplación! ¡Qué valioso es dejar nuestros corazones en suspenso y simplemente disfrutar de una buena bebida o un buen libro! ¡Qué gozosa soledad elegida por un rato!
Libro de Almohada 8. Si bien no supe nada más…
Si bien no supe nada más de él por una temporada. Aún me molestaban las acusaciones. Una vez le perdoné su inconstancia pero ahora me costaba más perdonarle. De hecho posiblemente nunca más le vea si de mi depende, pero no me gusta guardar resquemor hacia ninguna persona.
Creo, que de hecho, las personas a veces nos comportamos mal por la situación o por dejarnos llevar por nuestro propio egoísmo. Pero lo único que podemos hacer para no perdernos a nosotros mismos es no caer en la espiral del odio. Pues el daño que nos producen los demás es sólo pasajero, pero el odio es un daño que nos inflingimos nosotros mismos y trae fatales consecuencias.
¡Cuántas buenas personas se han perdido por cifrar sus esfuerzos en hacer daño a otro! ¡Cuántos buenos corazones se han perdido por imitar comportamientos egoístas! ¡Qué poco valor tiene imitar a alguien que se comporta mal a sabiendas!
Libro de Almohada 7. Después de haberlo pasado tan bien…
Después de haberlo pasado tan bien con aquel amante, que me dio tantos places y penas en la misma medida, sin apenas darme cuenta volvía a caer otra vez en sus redes. Y aunque mis obligaciones y las suyas nos mantuvieran separados no podía dejar de pensar en él.
Poco a poco el tiempo pasaba y no sabía nada de él. En principio no me preocupaba en exceso, pero me producía una cierta intranquilidad. Hace unos días recibí una nota de él en la que me acusaba injustamente de haberle pegado unos insidiosos bichitos y por ello el había permanecido tan distante. Mi indignación fue grande, pero prevaleció el afán de dialogo en mi y trate de demostrar mi inocencia. Muchas veces trate de contactar con él. Pero se mostraba esquivo y yo no podía ni debía distraerme de mis ocupaciones. Así que tácitamente deje pasar los días sin grandes resultados.
¡Qué poco valor demuestran aquellos que tiran la piedra y luego no saben hacerse responsables de sus palabras! ¡Cuán poco me interesa ahora ese pobre individuo! ¿Cómo puede, después de que le perdonase una vez, volver a jugármela en los mismos términos? ¡Qué poco valen las promesas de un mentiroso!
Queridos lectores
Hoy, vuestra cortesana se ha pasado por la Universidad del Sexo, para ver que se cocía por allí. Desde luego a primera vista parece interesante. Tendré que informarme sobre los cursos que imparten. Y desde luego desde qué os enseñaré lo que aprenda.
Por otra parte, mañana a horas pornográficas, tengo que salir de viaje, por lo que este fin de semana no certifico muchos posts fresquitos, pero cuando vuelva espero traerme algunas cosillas dignas que contar.
No obstante ya he dejado preparados unos cuantos post para que se publiquen automáticamente mañana y pasado. Sus títulos y fechas de publicación son los siguientes:
- Libro de Almohada 8. Si bien no supe nada más… (17-06-2006 / 8:02:35 am)
- Libro de Almohada 9. A veces las cosas que nos producen… (17-06-2006 / 2:02:32 pm)
- Besar a una persona que fuma (18-06-2006 / 12:02:16 am)
Espero que sean de vuestro agrado. Y el día 18 os prometo otro post contándoos de mi viaje y me pondré al día respondiéndoos.
Late at night
Tarde, por la noche, a veces las cosas no se ven tan claras, tal vez un después de un día duro y cansado, sólo las dudas sean buenas compañeras nuestras. Tal vez en este remanso de paz pasajera las barreras caigan y podamos hablar con mayor libertad. Sin miedo a ser juzgados, amados, odiados, vituperados…
Tal vea la creatividad nos sea más propicia. Tal vez después de volver a casa aún tratemos de pensar en esa gran recompensa que en algun lugar nos está esperando.
P.D.: Si pienso, si siento, anhelos del sentimiento…
Las cadenas
- Tú, mírate, no así no, mírate bien
- Cómo? ¿Qué no ves nada? Como puedes estar tan ciego… ¿Acaso no ves las cadenas? ¿No sientes como laceran tu piel? ¿No…?
- No, no estoy mal de la cabeza, pero mira a tu alrededor, mira tus cadenas… Despierta…
- Estamos todos nosotros encadenados, sólo que hay cadenas largas y cortas, pesadas y livianas, pero todos las tenemos y nos atan. ¡oh dios..! Me voy a volver loco… ¿Como que no veía veis las cadenas…?
- Cortesana… ¿Al menos tú ves las cadenas? No estoy loco, ¿verdad? Son ellos, que van tan deprisa que no se dan cuenta de su cadenas. Pero tú, tú las ves.
Su mirada destilaba toda la pena del mundo.
Le miré y sólo pude agachar la cabeza, de mi corazón, de mis manos, de mis brazos y hasta de mis piernas salían cadenas. Cadenas de oro, fino y dúctil, aunque irrompibles, salían de mi corazón. Si el dueño de las cadenas tirase me dolería mucho. Argollas en mis brazos, pesadas, forjadas de madrugones para ir a trabajar, aceptadas tácitamente en nombre de la señora nomina. Y muchísimas más… tardaría tanto tiempo en contaros como son todas y cada una de mis cadenas…
¿Si estiramos podremos arrancarlas? ¿Pero que pasaría si, por nuestro egoísmo, al tirar de alguna vemos que está atada a otro corazón? y aún peor ¿Podríamos vivir sin ellas?
Antes de despedirme le abrace y nuetros ojos se empañaron con un velo de lágrimas, que no llegaron a caer.