Las cadenas
- Tú, mírate, no así no, mírate bien
- Cómo? ¿Qué no ves nada? Como puedes estar tan ciego… ¿Acaso no ves las cadenas? ¿No sientes como laceran tu piel? ¿No…?
- No, no estoy mal de la cabeza, pero mira a tu alrededor, mira tus cadenas… Despierta…
- Estamos todos nosotros encadenados, sólo que hay cadenas largas y cortas, pesadas y livianas, pero todos las tenemos y nos atan. ¡oh dios..! Me voy a volver loco… ¿Como que no veía veis las cadenas…?
- Cortesana… ¿Al menos tú ves las cadenas? No estoy loco, ¿verdad? Son ellos, que van tan deprisa que no se dan cuenta de su cadenas. Pero tú, tú las ves.
Su mirada destilaba toda la pena del mundo.
Le miré y sólo pude agachar la cabeza, de mi corazón, de mis manos, de mis brazos y hasta de mis piernas salían cadenas. Cadenas de oro, fino y dúctil, aunque irrompibles, salían de mi corazón. Si el dueño de las cadenas tirase me dolería mucho. Argollas en mis brazos, pesadas, forjadas de madrugones para ir a trabajar, aceptadas tácitamente en nombre de la señora nomina. Y muchísimas más… tardaría tanto tiempo en contaros como son todas y cada una de mis cadenas…
¿Si estiramos podremos arrancarlas? ¿Pero que pasaría si, por nuestro egoísmo, al tirar de alguna vemos que está atada a otro corazón? y aún peor ¿Podríamos vivir sin ellas?
Antes de despedirme le abrace y nuetros ojos se empañaron con un velo de lágrimas, que no llegaron a caer.